Ser pobre o ser mujer

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El hombre más oprimido puede oprimir a otro ser, que es su mujer. La mujer es la proletaria del mismo proletario“. Flora Tristán escribía esto hace aproximadamente 200 años. En la actualidad yo, Cristina Moreira, podría seguir sosteniendo lo mismo.

Como mujer marxista siento que no puedo ser las dos cosas, que debo elegir. O luchar por mejorar mi condición de mujer o luchar por mejorar mi condición de clase. Obviamente no es un sentimiento intrínseco, sino que es un sentimiento que ha ido creciendo dentro de mí después de debatir con varios hombres marxistas. Nunca creí cuando leí por primera vez el Manifiesto Comunista que el discurso más afín a mis ideas políticas se confrontaría años más tarde con la lucha más importante de mi vida: el feminismo.

El Manifiesto Comunista vió la luz por primera vez en 1848. Como es obvio, la situación de la mujer ha mejorado desde entonces, al igual que la situación de muchos grupos oprimidos. El feminismo es un ejemplo de que las luchas sociales nunca desaparecen, sino que evolucionan. La adquisición de un tipo de derechos deriva en la petición de muchos otros, pues el camino es largo. Cualquier marxista que se precie tiene que saber que considerarse como tal en la actualidad significa tener la capacidad de revisar la doctrina para poder adaptarla a los tiempos que corren. Es prácticamente imposible que Marx y Engels tuvieran en cuenta ciertos aspectos de la situación de la mujer que hoy damos por descontados, ya que ni siquiera muchas de las propias mujeres eran conscientes de todos los focos de opresión que las abordaban (aunque siempre han existido heroínas silenciadas).

Feminismo y marxismo

Pero ahora estamos en el 2020 y el feminismo es imparable. Cada individuo está en la obligación de reflexionar sobre las doctrinas políticas que le rodean.  Solo reflexionando sobre la práctica de una doctrina se puede saber cuales son sus puntos débiles y fuertes. Sólo reflexionando sobre el marxismo se puede llegar a la conclusión de que ha sido y aún sigue siendo en muchos aspectos machista. Sólo reflexionando sobre esta afirmación las mujeres podemos luchar por un marxismo que nos admita tal y como somos y acepte todas nuestras luchas como las suyas. ¿De qué nos sirve leer si no reflexionamos sobre lo que leemos?

A día de hoy, me he encontrado con dos tipos de hombres que se hacen llamar “marxistas”: los que consideran el feminismo una lucha de segunda clase y los que consideran que el machismo se terminaría con la abolición de las clases sociales.

Paternalismo en la lucha feminista

Lo que más me sorprende de esto no es el hecho de que crean sólo en una igualdad entre hombres, ya que niegan las necesidades concretas y específicas de las mujeres, sino que vean tan clara y obvia la solución a un problema que a las mujeres nos ha llevado y nos llevará años solucionar. Es paradójico, paternalista y absolutamente machista que un hombre te diga cómo ejercer la lucha feminista. Y es absolutamente injusto pedirle a una mujer que se olvide de la opresión que sufre por serlo. Es injusto que un hombre, por vivir en un sistema patriarcal, se considere más marxista que cualquier feminista. El hecho de sentir la opresión de tus compañeros de lucha, de las personas que se supone que te deben ayudar, es uno de los lastres más grandes que podemos llevar a la espalda.

Muchos hombres que se consideran aliados me han dicho que no se puede ser feminista y marxista a la vez, pues una lucha contradice a la otra. Ellos consideran que luchar con las mujeres burguesas es una traición al marxismo. Como si la violencia machista no fuese estructural, como si los proletarios no acosaran, violaran y asesinaran mujeres por el hecho de serlo. No entienden, o no quieren entender, que la opresión de la mujer viene de muchos focos diferentes. Es obvio que el machismo que sufre una mujer proletaria es diferente al que sufre una mujer burguesa pero ambos existen y nacen de la misma semilla; afirmar que una mujer burguesa no está oprimida es una falacia, pues está oprimida por el género masculino aunque no esté oprimida por su clase social.

El feminismo debe incluir los problemas de cada mujer, pero jamás las opresiones adjuntas a la propia por ser mujer pueden negar esta última. Y sobre todo, jamás un hombre puede ser el que nos diga a las mujeres que debemos elegir entre ser proletarias o ser mujeres porque ni nosotras podemos elegir, ni él tiene el derecho de pedírnoslo. Ni eso, ni ninguna otra cosa.

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