Paternalismo: el interminable discurso masculino

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La diferencia entre lo femenino y lo masculino es algo que aprendemos desde que somos muy pequeños. Ser femenina es ser cauta, o callada directamente, comedida, cuidadosa, paciente y tranquila. Una mujer no grita, no se altera en las discusiones, no se enfada como lo haría un hombre. Ser masculino es ser rudo, orgulloso, fuerte, audaz, poderoso. Ser hombre es, sobre todas las cosas, tener poder.

Los hombres son conscientes de este poder; lo han usado por años. Ellos han sido los únicos en el poder durante toda nuestra historia (e incluso ahora, sigue siendo así). No sería erroneo afirmar que todos nuestros problemas como sociedad han sido creados por los hombres, pues nosotras nunca hemos tenido el poder de cambiar nada. Pero eso, como decía, es algo que poco a poco está cambiando, su poder cada vez se hace más pequeño y el patriarcado no está dispuesto a dejar que esto pase tan facilmente. 

El paternalismo: el protagonista de nuestra vida diaria

El paternalismo se define como la tendencia a aplicar las formas de autoridad y protección propias del padre en la familia tradicional a relaciones sociales de todo tipo. Hace unas semanas hablábamos sobre el techo de cristal y sobre cómo éste es casi imposible de atravesar. 

Son ellos los que crean nuestras dificultades a la hora de alcanzar puestos de poder en el ámbito laboral, pero se excusan diciendo que somos nosotras las que no estamos a la altura. Usan su poder para hacernos sentir que la culpa es nuestra. Pero la verdad es que no es que estemos a la altura, es que la superamos y en el fondo eso les da miedo. Por eso no no dejan hablar, nos interrumpen, nos pasan por encima en cada oportunidad que se les presenta de ridiculizarnos o hacernos de menos. Usan su poder para pisarnos y nos obligan a tomar actitudes masculinizadas para que nos tomen en serio, aunque estas se alejen de las que en realidad nosotras tomaríamos. Pero el respeto pasa por ser como ellos. El paternalismo se da en ese limbo entre el miedo a que nosotras en un futuro no muy lejano hagamos con ellos lo que ellos hacen con nosotras y la misoginia que pálpita bien dentro de ellos y por la cual nos consideran seres de segunda clase.  

Los aliados

Como Almeida cuando nos explicó lo que es ser una buena feminista. Todas hemos escuchado alguna vez la típica frase de “las feministas de verdad eran las de antes” en la boca de algún señoro que no ha leído sobre feminismo en su vida pero la suelta así, como si supiera algo de las feministas a las que se refiere, las de antes. Pero no son los clásicos señoros los que me preocupan, hace tiempo que dejaron de hacerlo. Los que me preocupan son los aliados, los que se camuflan entre nosotras, los que nos atacan desde dentro, los mismos que te dicen que no puedes ser feminista y marxista.

Hace mucho que tengo la certeza de que estos hombres solo “entran” en el feminismo para tener una razón más para engrandecer su ego.  Para darnos lecciones a nosotras, las mujeres, las tontas, que ni siquiera sabemos cómo liderar nuestro propio movimiento. Menos mal que están ellos, los feministas. No aliados, no los llaméis así por favor, que es que eso también les molesta. Ellos no son aliados de nadie, son también “sujetos activos del feminismo”. Porque tienen que ser protagonistas siempre, tienen que mandar, tienen que ejercer su poder hasta cuando se trata de que este desaparezca. Pretenden que nosotras sigamos estando siempre un paso atrás de ellos, incluso en nuestra propia revolución. 

Me pregunto si reflexionan sobre lo absurdo que es darle lecciones a una mujer sobre feminismo, incluso a la mujer más alienada del mundo. Es tan grande el ego de estos sujetos que les ciega. Su masculinidad es gigante, nunca deja de nublarles. La empatía es la base del entendimiento entre las personas,  la capacidad del sujeto de reconocerse en el otro. Pocas cosas se me ocurren que no se puedan solucionar con un poco de empatía.

Empatizar con los aliados, ¿es posible?

Y es que intento empatizar con ellos para entender el por qué de este paternalismo incansable, pero pienso en mí misma dándole lecciones sobre cómo combatir el racismo a una mujer negra, o sobre cómo luchar contra la homofobia a una mujer lesbiana y no me puedo sentir más ridícula. Sólo imaginarlo me hace sentir muchísima vergüenza. ¿Quién soy yo? Una pregunta que yo me hago constantemente y que parece que muchos de estos aliados no se han hecho en su vida.

Y es que ni siquiera nos dejan tocarnos el coño tranquilamente. Desde que el satisfyer salió al mercado he leído infinidad de artículos escritos por hombres hablando sobre él. Para criticarlo, por si no estaba claro. Seres sin clítoris critican un aparato para el clítoris. Nos explican los efectos secundarios súper híper mega nocivos y lo más importante: cómo el capitalismo se está aprovechando de nuestros cuerpos y de nuestra revolución para vender. Sorpresa, el capitalismo nunca hace eso, y el patriarcado que es su mejor amigo tampoco. Uno de los focos principales del feminismo radical es criticar esto pero da igual porque ellos siguen explicándonos cosas. Nosotras queremos avanzar, pero ellos están ahí, dentro de nuestro movimiento, para seguir haciéndonos sentir tontas. 

Ningún hombre imagina lo difícil que es para una mujer despertar, romper las estructuras de género impuestas, luchar contra las instituciones del poder masculino y vivir en un estado de defensa constante. Por eso, si realmente quieren ayudar a construir una sociedad igualitaria, tienen que romper las jaulas que construyeron para encerrarnos sabiendo que van a perder muchísimos privilegios, pero sobre todo tienen que escuchar más y hablar muchísimo menos.

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