Las mujeres en la ciencia: ¿realidad o ficción?

Con motivo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, que se celebra hoy, martes 11 de febrero, me gustaría rescatar un acertijo que se viralizó el pasado año y que, reconozco, nos rompió los esquemas a más de una

Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave. El padre muere y al hijo se lo llevan al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia. Llaman a una eminencia médica pero cuando llega y ve al paciente dice: “No puedo operarlo porque es mi hijo”. ¿Cómo se explica esto?

Cuando me lo leyeron me sorprendí articulando todo tipo de conspiraciones, hasta metafísicas: “Está delirando y el padre no ha muerto”, “¿pero desde cuándo un padre no puede operar a su hijo?”, “Igual solo ha muerto en el subconsciente del chaval, pero resulta que está en el hospital…” Fíjate, hasta me picó un poco de responsabilidad LGTBI: “Joder, claro, ¡son una pareja gay!”

Pero bueno, tanta confabulación para que al final viniera mi primo de nueve años y dijera: “es la madre, ¿no?” Sorprendido y con una risita cautelosa que escondía la pequeña posibilidad de que le estuviéramos tomando el pelo.

Pero no se lo estábamos tomando, no. Desde luego yo recibí una buena lección y debo admitir que, a pesar del sofoquillo, me produjo cierta satisfacción el asunto. Primero, porque me gusta que la vida nos de toquecitos de atención cuando nos subimos al carro de la superioridad moral. Segundo, porque lo que acababa de pasar (y aquí me subo) nos daba la razón a muchas a las que nos gusta protestar. (Por puro vicio, que si no de qué).

Podríamos hablar de mujeres científicas, inventoras, ingenieras que han movido el mundo y que jamás han sido reconocidas como lo fueron sus cónyuges. Marie Curie, Margarita Salas, Lis Meitner, María Cunitz o incluso Hipatia de Alejandría. Ellas han sido clave y han servido de inspiración a las generaciones venideras.

Sin embargo, me gustaría hacer hincapié en las miles de mujeres anónimas que siguen trabajando día tras día, atrincheradas en sus respectivos epicentros de sabiduría, estudiando cómo funciona el mundo. Ellas trabajan para analizar y descubrir las causas que hacen que tanto nosotras, como el planeta, no pare de girar. Ellas son el futuro y, por alguna extraña razón (vaya, esa extraña razón otra vez), parece que no son tan válidas para esta ardua tarea como los hombres.

Mujeres en la ciencia: cifras

Y aquí haremos uso de los datos. Según el Ministerio de Ciencia e Innovación, el empleo directo en empresas en España derivado de los proyectos de I+D e Innovación es de 1.309 mujeres, un 31%. Si nos centramos en las inventoras, resulta que tan solo son el 17%, según el informe “She Figures 2018″ de la Unión Europea. Si bien es cierto, a pesar de que la cifra es cruda, estamos por encima de la media europea, que es un 9%.

En cuanto a la investigación, y según datos del Instituto Nacional de Estadística, el número de investigadores en equivalente a jornada completa es de 133.213, de los que el 39% son mujeres (51.657 en total). Sin embargo, la cifra de mujeres investigadoras desciende al hablar de ingeniería y tecnología, situándose en un 24%.

Por lo tanto, es más que evidente que en el campo científico también estamos por detrás. Son múltiples los factores que pueden haber contribuido. El principal, es una creencia generalizada de que los hombres están más capacitados para gestionar los trabajos relacionados con la ciencia, la mecánica y la investigación. Todo aquello que tradicionalmente se ha relacionado con la inteligencia, la constancia y el trabajo. En consecuencia, las mujeres son las expertas en cuidar, esperar y hablar. Las ciencias siempre han parecido más complicadas para nosotras.

De hecho, un estudio publicado en el año 2017 en la revista “Science” sobre la percepción de las ciencias en niñas y niños de entre 4 y 6 años concluyó que a los 4 años no tienen una percepción diferente según el género. A los 5 años, las niñas ya piensan que las ciencias son más difíciles; y, a los 6 años, tienen la idea de que son más para los niños.

Se trata de una realidad muy triste, pero es así, y los datos son irrefutables. Resulta imperativo empezar a construir una sociedad que anime a las niñas a juntar las piezas que quieran para inventar lo que deseen, que no las encierre en un estereotipo de género que las impida seguir con sus vocaciones científicas. Sería maravilloso que, de aquí a nada, el acertijo expuesto arriba no tuviera sentido y, por supuesto, que la palabra eminencia fuera lo que es: una persona brillante en su profesión.